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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

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Iglesia Joven de la Univ. Adventista de San Pablo 

COMENTARIO DE LA LECCIÓN 

I Trimestre de 2008 
"El discipulado" 

Lección 13 

(22 al 29 de Marzo de 2008) 

Modelos de discipulado 



Denis Konrado Fehiauer 



Una de las definiciones para la compasión que más me gusta es: "Dolor ante el mal 
ajeno". Es el sentimiento que, cuando es genuino, se transforma en una actitud. Movi- 
do por la compasión, Jesús sanó, alimentó, resucitó a personas y perdonó pecados. La 
compasión motivaba la concreción de los milagros y determinaba su vida moral: "Así 
que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a uste- 
des. De hecho, esta es la Ley y los Profetas" (Mateo 7:12, NVI). Ser igual a Él significa 
que, si queremos ser perdonados, deberíamos perdonar. ¿Deseamos ser tratados con 
respeto? Entonces tenemos que respetar. Y así con todo lo demás. Nuestras actitudes 
con respecto al prójimo están relacionadas directamente con la capacidad que tenga- 
mos, o no, de ponernos en lugar de las demás personas. Si tenemos un alto nivel de 
empatia, seguramente evitaremos situaciones que no apreciaríamos que nos sucedan 
a cada uno de nosotros. 

Esta perspectiva también debería nivelar el tratamiento que le dispensamos a los di- 
versos tipos de seres humanos que están disponibles en el planeta. No deberíamos 
actuar de manera diferente con las personas teniendo en cuenta únicamente la apa- 
riencia personal, la supuesta "inteligencia", o el estatus social. Pareciera que es más 
fácil valorar a aquellos que tienen características físicas más atrayentes, una cuenta 
bancaria abultada o los que son culturalmente privilegiados. Es cierto que hay afinida- 
des. Las personas se asocian naturalmente con los que poseen características, gus- 
tos, inclinaciones y objetivos semejantes. Eso parece ser lo normal. Pero segregar, 
despreciar o evitar a alguien sólo por causa de algún atributo físico, dificultades finan- 
cieras o cualquier otra cosa que despreciemos, no debería ser parte de la manera de 
pensar o de actuar de un verdadero discípulo. 

Por lo tanto, el discipulado debe ser un proceso de transformación. Aunque no es nada 
fácil, aún incluso para aquellos que piensan que no son prejuiciados, dejar los senti- 
mientos de superioridad. Generalmente, las personas tienden a pensar que la propia 
cultura, manera de pensar, de vivir o incluso su religión -sólo para citar algunos ejem- 
plos-son mejores o superiores que las de los demás. Este fenómeno se da incluso en- 
tre cristianos considerados ejemplares. Vale la pena recordar que las culturas no de- 
berían ser valoradas por medio de alguna escala o parámetro. No hay una que sea 
mejor que la otra. Sólo son diferentes. Es la intolerancia y la incapacidad que algunos 
tienen de convivir con esas diferencias lo que hace que eso suceda. Este es un grave 
problema. Normalmente, el intolerante piensa que está haciendo lo correcto para la 
humanidad mientras combate la ignorancia, la pobreza o incluso alguna clase de ame- 



naza. No es necesario aclarar que esa manera de pensar está lejos de ser el ideal 
respecto al discipulado de Cristo. Ni que tampoco te veas obligado a gustar de todo 
aquello que los demás gustan de hacer o valorar. Lo que sí debes hacer es respetar 
las diferencias. 

Pues bien, vencidos los prejuicios y puntos de vista distorsionados, es momento de 
poner manos a la obra. Los discípulos son llamados a ejercer un ministerio. Es difícil - 
para algunos- descubrir cómo y dónde pueden ser útiles. No siempre sabemos cuál/es 
es/son nuestro/s don/es. Algunas iglesias han dispuesto cierta clase de pruebas seme- 
jantes a los test vocacionales para que los miembros identifiquen cuáles son sus habi- 
lidades en el campo religioso. Otros, por iniciativa personal, van descubriendo a través 
de la práctica que logran ciertos resultados en determinadas acciones y situaciones. 
Hay gente que sabe concretar un contacto misionero positivo y dejar alguna publica- 
ción con el interesado. Otros se vuelven hábiles para persuadir a amigos a asistir a la 
iglesia. Ouizá tú puedas desarrollarte en el arte animar a alguien que está enlutado, 
enviar cartas, distribuir publicaciones, prestar CDs o DVDs a amigos y parientes. Pero 
lo que sí es seguro es que el discípulo necesita encontrar una manera de compartir la 
esperanza evangélica con los demás. ¡Esto no se puede negociar! Es cuestión de vida 
o muerte. Se trata de mantener la fe y la experiencia religiosa activas. Ouien deja el 
testimonio de lado, tarde o temprano abandonará sus convicciones, por más profundas 
que éstas hayan sido. Si te estás sintiendo como en estado de vida vegetativa en la 
iglesia, considera la experiencia de volver a testificar. 

Sin embargo, antes que el discípulo desarrolle alguna clase de servicio para el Maes- 
tro, sería bueno que examinara su Biblia y orara. La oración tal vez sea la práctica más 
descuidada entre nosotros los cristianos. Tal vez sea así porque algunos juzgan el es- 
tudio de la Biblia como la fuente del aprendizaje. La Biblia es cierto que alimenta la 
mente y hace su aporte significativo para el buen desempeño de aquellos que necesi- 
tan hablar en público en la iglesia. Pero orar -según piensan algunos- no pareciera 
ser algo que traiga resultados inmediatos. Está claro que hay personas que ya experi- 
mentaron una comunión genuina con el cielo a través de la oración. Si queremos ser 
discípulos, necesitamos poner eso en práctica. Si tú no sientes beneficios inmediatos, 
insiste, ruega, implora. Así como Jacob luchó con Dios para obtener la bendición del 
perdón y la seguridad de la presencia de Dios en su vida, quizá nosotros tengamos 
que hacer lo mismo. Con certeza que valdrá la pena. 

Quizá éste sea el momento de comenzar a ejercer un discipulado verdadero. Y tal vez 
sea hora de empezar a hacerlo... orando. 

Denis Konrado Fehiauer 

Pastoral Universitaria Universidad Adv. de San Pablo 

Traducción: Rolando D. Chuquimia 

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